Salutación de la XCIX asamblea ordinaria de la CEV


Monseñor-PadrónEmmo. Sr. Cardenal
JORGE UROSA SAVINO
Arzobispo de Caracas
Presidente de Honor de la Conferencia Episcopal Venezolana

Excmo. y Rvdmo. Mons.
PIETRO PAROLIN
Nuncio Apostólico de Su Santidad

Sres. Arzobispos y Obispos de Venezuela
Sres. Obispos Eméritos

Sres. Presidentes y demás miembros de las Juntas Directivas de la Conferencia Venezolana de Religiosos y Religiosas (CONVER), del Consejo Nacional de Laicos (CONALAI), Asociación Venezolana de Educadores Católicos (AVEC) y Universidad Católica Andrés Bello (UCAB).

Sres. Directores y demás miembros de los Departamentos del Secretariado Permanente del Episcopado Venezolano (SPEV)

Saludo y bienvenida

Dado que no se acabó el mundo el 21 de diciembre pasado, concluidas las fiestas navideñas, hemos regresado a nuestra casa común para asumir con todo empeño el desarrollo de esta nonagésima novena Asamblea Ordinaria del Episcopado Venezolano.

Ante todo damos gracias a Dios Padre por medio de Jesucristo y del Espíritu Santo,  porque nos ha hecho llegar a este momento histórico de la vida del país y de la Iglesia.

Saludo al Sr. Nuncio Apostólico, Su Excelencia Mons. Pietro Parolín, agradezco su presencia, su ministerio al servicio de nuestra Iglesia y nuestro país, y su cercanía para con nosotros, los Obispos,  y para con los fieles de nuestras diócesis y comunidades, a las que visita con frecuencia con grande afecto.

Saludo muy cordialmente a Mons. Ángel Francisco Caraballo, Obispo electo Auxiliar de Maracaibo, y le doy la bienvenida fraterna al Colegio Episcopal.

Felicito al Excmo. Mons. José Luis Azuaje, Primer Vicepresidente de esta Conferencia Episcopal, por su nombramiento como Presidente de Caritas para América Latina.

Tengo y tenemos vivo el recuerdo del Excmo. Mons. Eduardo Herrera Riera, Obispo Emérito de Carora, quien hace pocos meses nos dejó y entró en las moradas eternas en donde descansa de sus fatigas, porque sus buenas obras lo acompañan (cf. Ap14, 13). Recuerdo también con cariño a la Sra. Ada Ollarves, recientemente fallecida, una empleada de la cocina de esta casa, que cumplió con fidelidad su servicio. El Señor le dé el premio prometido a sus servidores buenos y fieles.

Panorama Eclesial

En la Iglesia, el año entra con buen pie, cimentado en la fe, en la memoria del Concilio Vaticano II y en la continuación del Sínodo más reciente sobre La Nueva Evangelización para la transmisión de la fe cristiana. A nivel universal estos tres eventos son un contenido denso y fundamental, de obligada referencia para los planes y programas pastorales. A nivel de esta Conferencia Episcopal son base de nuestro Plan Trienal y sus líneas de acción y de los planes pastorales diocesanos.

1. AÑO DE LA FE

El Año de la Fe, convocado por Su Santidad Benedicto XVI para conmemorar el quincuagésimo aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II, este año de la Fe recuerda el que proclamó en 1967 el Papa Pablo VI para hacer memoria del décimo noveno centenario del martirio, o supremo testimonio de fe, de los apóstoles San Pedro y San Pablo.

Pensaba Pablo VI que con esa iniciativa toda la Iglesia podría adquirir una exacta conciencia de su fe, para reanimarla, para purificarla, para conformarla y para confesarla[1]. El Santo Padre Benedicto XVI, aunque no lo dice explícitamente en su Carta Apostólica Porta Fidei, se propone la misma finalidad. Mirando a uno y otro momento concluyo que la doble proclamación de un año de la fe en un lapso de tiempo relativamente corto, pone de relieve que para la Iglesia la fe en Jesucristo es su bien más preciado y la fuente de su vitalidad y de su misión. Ella, en palabras del Papa, es la compañera de vida que nos permite distinguir con ojos siempre nuevos las maravillas que Dios hace por nosotros[2].

La cultura postmoderna que nos ha tocado vivir presenta, en muchos aspectos, una recia oposición a la fe cristiana e incluso a la cultura religiosa. Sin embargo, entre nosotros, y en toda América Latina, el desafío que más duramente reta a nuestra fe no es, en primer lugar, la cuestión de Dios, como en Europa, ni el rechazo a lo religioso, sino más bien un cierto debilitamiento de la vida cristiana en el conjunto de la sociedad y de la propia pertenencia a la Iglesia[3]. Nuestra mayor amenaza, escriben los Obispos en el Documento Conclusivo de Aparecida, citando al Cardenal Joseph Ratzinger (Guadalajara 1999) es el gris pragmatismo de la vida cotidiana de la Iglesia en el cual todo procede con normalidad, pero en realidad la fe se va desgastando y degenerando en mezquindad[4].

El ateísmo criollo no es teórico ni ideológico (todo lo contrario, se ha podido observar cómo en estos últimos días se ha despertado en el país la necesidad y el ejercicio de la oración en los templos y hasta en las calles y parques) ni es tampoco simplemente ambiental sino pragmático, es decir, que se traduce en una visible incoherencia entre fe y vida, porque, al fin y al cabo, es el resultado de una iniciación cristiana pobre y fragmentada[5], que  genera a su vez inocultables confusiones conceptuales y experienciales. En el fondo del supuesto ateísmo está la carencia de la iniciación cristiana.

2. EL CONCILIO VATICANO II

Hace cincuenta años, los Padres conciliares del Vaticano II, en la Constitución Pastoral Gaudium  et Spes, sobre La Iglesia en el mundo actual, con clarividencia de profetas y humildad de “servidores de la Palabra” (Lc 1, 2), reconocieron y, al mismo tiempo, denunciaron que en la génesis del ateísmo pueden tener parte no pequeña los propios creyentes en cuanto que, con el descuido de la educación religiosa, o la exposición inadecuada de la doctrina, o incluso con los defectos de su vida religiosa, moral y social, han velado más bien que revelado, el genuino rostro de Dios y la Religión[6]. El acento lo pusieron los Padres conciliares tanto en la deficiente formación religiosa como en la falta de integración de la fe a la vida moral y social. En consecuencia, los Padres presentaron una respuesta inmediata que abarca los dos aspectos señalados: El remedio del ateísmo –dijeron- hay que buscarlo en la exposición adecuada de la doctrina y en la integridad de vida de la Iglesia y de sus miembros…[7].

En la Carta Apostólica Porta Fidei dice Benedicto XVI: He pensado que iniciar el Año de la Fe coincidiendo con el cincuentenario de la Apertura del Concilio Vaticano II puede ser una ocasión propicia para comprender que los textos dejados en herencia por los Padres Conciliares, según las palabras del Beato Juan Pablo II, no pierden su valor ni su esplendor[8]. Y añade: siento más que nunca el deber de indicar el Concilio como la gran gracia de la que la Iglesia se ha beneficiado en el siglo XX[9]. Pero todavía no hemos asimilado completamente el Concilio Vaticano II.

3. EL SINODO

En su Carta, el Papa coloca en el centro de la vida cristiana la belleza de la fe en perspectiva misionera. Al referirse a la convocatoria del último Sínodo, en el pasado mes de Octubre, sobre La nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana, escribe: Deseamos que este año suscite en todo creyente la aspiración a confesar la fe con plenitud y renovada convicción, con confianza y esperanza… Al mismo tiempo, esperamos que el testimonio de vida de los creyentes sea cada vez más creíble. Redescubrir los contenidos de la fe profesada, celebrada, vivida y rezada, y reflexionar sobre el mismo acto con el que se cree, es un compromiso que todo creyente debe hacer propio, sobre todo en este Año[10].

Más que presentar novedades de contenido, el Sínodo vino a reforzar la convicción de la Iglesia de que evangelizar constituye su vocación y su dicha, su identidad más profunda[11], y de que en la sociedad actual, que conserva todavía numerosos valores cristianos, es urgente una nueva evangelización.

4. LA NUEVA EVANGELIZACIÓN

Esta Nueva Evangelización tiene como punto de partida la primera, la de los misioneros españoles,  que comenzó hace 500 años y que no ha dejado de dar frutos. Pero dado que hoy el hombre vive en una nueva cultura, la evangelización, por un principio básico de inculturación del Evangelio, tiene necesariamente que ser metodológicamente nueva, y no solamente llamarse nueva.

Ella  es un permanente reto para la Iglesia Universal y, más en concreto para cada una de las Iglesias de América Latina. Ella desafía, ante todo, a los evangelizadores con una exigencia de conversión pastoral. Esta conversión es una actitud profundamente cristológica, es decir, que nace del encuentro con Cristo y provoca el anuncio de Cristo, para que también otros tengan la posibilidad de incorporarse al proyecto salvífico de Cristo[12]. Evangelizar es un acto de amor, si se considera, como dice el Apóstol Pablo, que Cristo murió por todos, para que los que viven, ya no vivan para sí sino para el que murió y resucitó por ellos (2 Co 5, 14-15).

La evangelización, sea la primera o la nueva, no es fin en sí misma sino que está en función de la trasmisión de la fe, tal como lo destaca el Sínodo. En este sentido el Año de la Fe y el proceso de Nueva Evangelización coinciden totalmente en la misma finalidad. El compromiso de los creyentes misioneros – subraya el Papa Benedicto XVI – saca fuerzas y vigor del descubrimiento cotidiano de su amor, que nunca puede faltar. La fe, en efecto, crece cuando se vive como experiencia de gracia y gozo[13].

Esta breve reflexión me hace caer en la cuenta o, mejor,  tener presente que el Año de la Fe es el marco teológico – espiritual – pastoral dentro del cual quiso el Papa Benedicto XVI situar la Asamblea Sinodal. La intención del Papa era, y sigue siendo, que el Año de la Fe sea una buena ocasión para introducir a todo el cuerpo eclesial en un tiempo de especial reflexión y redescubrimiento de la fe.[14] Pero no una fe entendida superficialmente, como un mero sentimiento religioso, sino la fe de la Iglesia, la fe del bautismo. Nueva Evangelización es, en síntesis, redescubrimiento del sentido del bautismo y de su compromiso para la vida.

PANORAMA RELIGIOSO

El panorama religioso del país, el cual sufre del mismo debilitamiento de la fe que otros países de América Latina, en los que de cada 100 niños 80 reciben el bautismo, menos de 50 la primera comunión, menos de 15 la confirmación y menos aún los que perseveran como “practicantes” (tomando como referencia la participación, escasa, en la liturgia dominical)[15],  es una situación que nos obliga a los pastores, obispos y sacerdotes, y a todos los demás agentes pastorales a no quedarnos en actividades aisladas y ocasionales sino a estructurar y,  sobre todo, articular planes pastorales, que tengan como meollo una conjugación de realidad y Evangelio que conduzca al crecimiento de la fe cristiana y a su proyección en nuestra sociedad.

En consecuencia, este Año de la Fe reclama una aplicación, cada vez más lograda, del proceso evangelizador, cuyas etapas fundamentales, con una progresiva ilación interna, se estructuran y resumen en: anuncio kerigmático, catequesis y pastoral.

En nuestra acción pastoral nos falta atender más a las orientaciones y normas del Concilio Plenario, dando prioridad a la catequesis como proceso de iniciación y maduración en la fe de la comunidad cristiana, ante todo de los adultos[16]. Y esta orientación general del Concilio Plenario exige como primer paso establecer, en cada diócesis y parroquia, un tiempo específico para el primer anuncio misionero o kerigma, que tiene como finalidad la llamada a la fe y la conversión y, como segundo paso, implementar, en cada parroquia, la catequesis para los adultos bautizados que necesitan renovar su fe, mediante itinerarios inspirados en el proceso catecumenal. [17]

Evidentemente que la acción pastoral tiene su fundamentación doctrinal en una concepción de la Iglesia trasmitida en los documentos conciliares del Vaticano II, constantemente actualizada por el magisterio pontificio, las asambleas sinodales y las asambleas generales del Episcopado latinoamericano. En estrecha conexión con esta fuente doctrinal, contamos con tres valiosos subsidios: el Catecismo de la Iglesia Católica, de cuya publicación se acaban de cumplir veinte años, el Directorio General para la Catequesis y los documentos del Concilio Plenario de Venezuela. Ellos forman un extenso y valioso acervo teológico-pastoral que garantiza la solidez teórico-doctrinal de la acción evangelizadora y pastoral.

Pero no basta el Catecismo;  la acción evangelizadora y pastoral se nutre no sólo de la doctrina sino también, con la misma necesidad, de la inmediata y circundante realidad. El acelerado cambio cultural, que invade y presiona a nuestra sociedad,  y los otros factores que condicionan su desarrollo integral, hacen que nuestra época, caracterizada por ser, respecto a la pasada, una nueva realidad social, plural, diferenciada y globalizada, sea un desafío evangelizador que impulsa a la Iglesia y a cada uno de sus miembros a dar las respuestas que hagan valer el poder del evangelio, que es fuerza de Dios para la salvación de todo hombre que cree (Ro 1, 16) y la radicalidad de la vocación y misión de los discípulos misioneros de Jesús.

En el fondo de este desafío evangelizador están la palabra de Jesús: Ustedes son la sal de la tierra… Ustedes son la luz del mundo (Mt 5, 13-14) y la clara advertencia de los Padres conciliares del Vaticano II: La unión con Cristo está tan lejos de apartarnos de las obligaciones y trabajos temporales que, por el contrario, la fe, la esperanza y la caridad de Cristo nos impulsan a servir a nuestros hermanos en conformidad con el ejemplo del divino Maestro, que no vino a ser servido sino a servir[18].

Hoy los protagonistas de este dinamismo son los laicos, como lo fueron en otros tiempos los monjes y las órdenes religiosas. En este año, la conciencia misionera de los católicos venezolanos encontrará en el Congreso Misionero Americano (4CAM) una ocasión de manifestarse ampliamente, sea participando en él, sea apoyándolo tanto espiritual como económicamente. A este magno evento le dedicaremos una sesión de discusión y trabajo en esta Asamblea.

En la misma línea misionera está la participación de los jóvenes venezolanos en la Jornada Mundial de la Juventud que se realizará en Rio de Janeiro del 23 al 26 de julio próximo.

Otro acontecimiento que motiva grandemente a nuestra Conferencia Episcopal y que debe interesar a toda la Iglesia en Venezuela es el hecho de que nuestra próxima Asamblea Episcopal Ordinaria, a celebrarse entre el 07 y el 12 de Julio próximo, será la Asamblea centenaria. Este dato tiene un profundo significado para la Iglesia: indica la continuidad de los Obispos en el servicio a la Iglesia y al país y la solidez de la institución. En el mismo sentido estamos ya celebrando los cuarenta años del Secretariado Permanente del Episcopado Venezolano (SPEV), inaugurado por el venerable hermano Mons. Ovidio Pérez Morales, bajo la presidencia del Cardenal José Humberto Quintero, de grata recordación.

Panorama Político Social

Luego de la doble jornada electoral de finales de año, en la que el pueblo eligió a sus autoridades y en la que se pusieron en evidencia las diversas visiones de país que tenemos los venezolanos, el año 2013 ha comenzado con gran incertidumbre. La prolongada enfermedad del Presidente de la República y su delicado estado de salud en las últimas semanas afectan a todo el país, a sus ciudadanos y a sus instituciones.

Su enfermedad no es un simple accidente, ni puede compararse con la de un paciente común. Es la gravedad del Presidente, quien gobierna, y en gran parte dirige y marca el rumbo de la sociedad venezolana. Por consiguiente, está en grave riesgo la estabilidad política y social de la nación. Este es un momento histórico, difícil e incierto, con rasgos que dibujan una compleja situación que pudiera conducir al país a una encrucijada peligrosa.

La nación entera ha acompañado al Presidente con respeto, solidaridad y oración.  Se han puesto de relieve el sentimiento religioso y la actitud cristiana de la mayoría de la población. Ha sido hermoso ver cómo los partidarios y los adversarios del presidente han coincidido en presentar oraciones y ofrendas a Dios por su pronta recuperación y regreso, como lo que más conviene al país. Asumir la actitud contraria sería no solamente una conducta anticristiana sino, incluso, inhumana y antivenezolana.

Sin embargo la población está confundida, y una buena parte de ella, molesta, pues, a pesar de más de veinticinco “Comunicados” sobre el estado de salud del Primer Magistrado, hasta hoy no ha recibido oficialmente ningún parte médico venezolano. El gobierno no le ha dicho al pueblo toda la verdad, a la cual tiene pleno derecho de acceder de manera cierta; sólo le ha comunicado, con evidente dificultad, su verdad política.

El panorama político y social, por la misma incertidumbre derivada de la enfermedad presidencial, permanece oscuro. Se escuchan diversas interpretaciones sobre la norma constitucional que regula la toma de posesión del Presidente para un nuevo período de gobierno.

Está claro en la letra y espíritu de la Constitución que este próximo 10 de enero expira un mandato del actual Presidente y comienza otro para el cual fue reelecto. No habría tenido ningún sentido la jornada electoral del 7 de Octubre,  si no hubiera estado en función de un período distinto de gobierno, similar al nuevo período del actual Presidente de la Asamblea Nacional.

No es el propósito de esta Asamblea intervenir públicamente en la interpretación de la Constitución, pero en este caso está en juego el bien común del país y la defensa de la ética. Alterar la Constitución para alcanzar un objetivo político es moralmente inaceptable.

Lo que desean y esperan todos los venezolanos es que los Poderes Públicos respeten y sigan en todo  la Constitución, que jamás actúen fuera o en contra de ella; que el proceso político transcurra por los cauces democráticos, porque si se prescinde de la Constitución, se prescinde también de la institución  y se cae en la pugna por cuotas de poder, en la violencia y en la anarquía e ingobernabilidad.

Esta Asamblea se une al Pueblo venezolano, del cual forma parte, para rechazar categóricamente todo posible intento de manipulación de la Constitución en favor de intereses de una parcialidad política y en detrimento de la democracia y de la unidad del país.

Otros aspectos importantes de la vida nacional siguen aún en la penumbra: la violencia e inseguridad no sólo no disminuyeron en el año que acaba de terminar, sino que aumentaron considerablemente; los privados de libertad como la Juez María de Lourdes Afiuni, los Comisarios y otros, esperan que la iniciativa parlamentaria, liderada por el Diputado Edgar Zambrano, como respuesta al llamado del Presidente de la República al dialogo nacional, sea tomada en cuenta y respondida satisfactoriamente. Si por el momento no pudiera haber una Ley de Amnistía, que haya al menos un gesto humanitario en homenaje a la sensibilidad del Presidente, que está gravemente enfermo. Las actuales autoridades nacionales podrían unir a la oración del pueblo la ofrenda-homenaje de la liberación de los privados de libertad y exiliados, sin olvidarnos de los miles de venezolanos privados de libertad, sin el debido proceso.

La incertidumbre continúa porque las informaciones que tiene el ciudadano sobre la economía del país no están claras y cuando va al mercado, el dinero no le alcanza. Es preocupante, sobre todo para la clase media, el tema de la inflación que sigue siendo alta. Preocupa también el relativo desabastecimiento en los renglones alimentarios durante los dos últimos meses del año anterior. Pudiera detenerme a reflexionar sobre otros temas, pero el discurso se convertiría en una cadena.

A pesar de todo, los venezolanos hemos demostrado ingenio y capacidad para hacer frente a las dificultades y crisis, y salir airosos de ellas. La Iglesia, con su confianza puesta en Dios, y con diversos organismos de salud, como AVESSOC, de educación, como AVEC, y de capacitación, como APEP e INVECAPI, atiende en diversos lugares del país a niños en situación de riesgo o abandono, a personas discapacitadas, a madres adolescentes embarazadas y a refugiados y ancianos. La Iglesia está consciente de que no basta tener fe. Sin obras  la fe está muerta (St 2,17)

Conclusión

La Iglesia que peregrina en Venezuela tiene su corazón vuelto hacia Dios pero sus pies en la tierra. Nuestra fe nos asegura que en momentos de crisis son más necesarios que nunca el diálogo, el tender puentes de entendimiento, superar los intereses particulares, mirar más allá de lo inmediato, buscar la unidad, y discernir las señales del tiempo, como enseña el Evangelio (Lc 12,54-56), para descubrir lo que Dios quiere de bien y felicidad para nosotros. Estemos seguros de que saldremos bien librados de la controversial coyuntura nacional, si nos reconocemos mutuamente, valoramos nuestras capacidades y contamos con la indefectible ayuda de Dios.

Muchas  gracias.


[1] Pablo VI, Exhortación Apostólica Petrum Paulum Apostolos,

[2] Benedicto XVI, Porta Fidei, 15.

[3] CELAM, Documento Conclusivo de Aparecida, 100 b.

[4] Idem, 12.

[5] Cf. Documento Conclusivo de Aparecida.

[6] Concilio Vaticano II, Constitución Gaudium et Spes, 19.

[7] Ibidem, 21.

[8] Benedicto XVI, Porta Fidei, 5.

[9] Ibidem.

[10] Ibidem, 9.

[11] Pablo VI, Exhortación Apostólica Evangelii Nuntiandi, 14.

[12] Fisichella, S., «La Nueva Evangelización a la luz del magisterio pontificio», en Pontificia Comisión Para América Latina, Reflexiones sobre la Nueva Evangelización en América Latina, Desafíos y Prioridades, Roma 2011, 27.

[13] Benedicto XVI, Porta Fidei, 7.

[14] Ibidem, 4.

[15] Carriquiry Lecour, G., La Nueva Evangelización hoy en América Latina: Desafíos y Prioridades, Roma 2011, 67.

[16] Concilio Plenario de Venezuela, La Catequesis, Desafio 1.

[17] Concilio Plenario de Venezuela, La Catequesis, Desafio 1.

[18] Concilio Vaticano II, Mensaje de los Padres Conciliares al mundo, 7.

Acerca de redaccion

Centro de investigación y acción social de los jesuitas en Venezuela. Editamos libros, revistas y ofrecemos cursos de formación.

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