Editorial Revista Sic 743. Abril, 2012
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Nuestro país arrastra un atavismo militarista desde que Carujo depuso a Vargas. Luego vino el protectorado de Páez, después de los Monagas, de Guzmán Blanco y otros caudillos, empezando por Crespo. A la postre llegaron los andinos que vencieron a los demás. Al morir Gómez se inició una transición hacia la democracia que llegó, por fin, con la elección de Rómulo Gallegos, por voto universal y secreto, incluidos los analfabetas y las mujeres. Sin embargo, el pecado original de ese parto democrático fue el golpe cívico-militar del 12 de octubre del 45. La cola de ese golpe fue el golpe contra Gallegos y la progresiva entronización de Pérez Jiménez hasta el 23 de enero del 58. Todavía hubo que vencer el alzamiento de Castro León.
Pero en esos años el militarismo fue dando paso al civilismo. La sociedad civil, el Estado y los partidos llegaron a la determinación de que todos los asuntos del país debían ser gestionados mediante la deliberación libre y razonada de los ciudadanos y las organizaciones que los representaran, que en el caso del Ejecutivo debía hacerse por el voto universal y secreto a personas y partidos, no como un cheque en blanco sino a sus programas y con la representación de las minorías. Sería la deliberación y no las armas las que decidirían la orientación de la sociedad y su gestión. Los militares aceptaron su estatuto y se convirtieron en un cuerpo no deliberante, dedicado a la salvaguarda de las fronteras y a la seguridad de la ciudadanía en situaciones de absoluta emergencia. En efecto, hubo sucesivas promociones de militares que aceptaron lealmente su puesto y en ese sentido también fueron civilistas.
Sin embargo, el 27 de febrero de 1989 la intervención de las FFAA, a petición del Ejecutivo, reflejó una falta absoluta de profesionalismo. No se puede decir que actuaron premeditadamente como los regímenes de la Seguridad Nacional. Una parte considerable de las muertes ocurrieron porque los soldaditos, que no soldados, estaban aterrados y no sabían conducirse en esa emergencia; pero la responsabilidad mayor recae en los cuadros de oficiales que tampoco estuvieron a la altura en su conducción y en el Presidente, que también se vio desbordado. La represión ulterior y el saqueo a los saqueadores evidenció además, como en ese momento editorializamos en SIC, que se sacrificó la democracia para apuntalar el orden establecido. El gobierno estaba conduciéndose como representante de los propietarios de los comercios y no de la ciudadanía. (more…)




